La sabiduría de la flexibilidad: medios hábiles en la vida cotidiana


Bueno, muy bien. Como siempre, recitamos juntos. Nuestro camino espiritual, que se basa en lo que llamamos sabiduría y compasión, tiene además otro elemento esencial: los medios hábiles. En general, el segundo —los medios hábiles— es muy importante. Porque hacer lo correcto está bien… pero cómo hacemos lo correcto, eso es aún más importante.

Y eso abarca muchas cosas. Una de ellas, muy importante, es ser progresivos, ingeniosos… y tener flexibilidad. Flexibilidad en el sentido de tolerancia, pero no solo como paciencia. No estoy hablando de ese tipo de historia. Hablo de permitir que las cosas sucedan. Tolerancia en el sentido de dejar que las cosas pasen, aceptar las posibilidades.

Me doy cuenta que muchas veces, cuando estoy totalmente seguro de algo, con el tiempo descubro que esa certeza absoluta… no era tan cierta. Pero yo estaba convencido en ese momento. Entonces, si uno supiera de antemano que hay más verdad en las cosas de lo que creemos saber o ver, más verdad de la que podemos estar “seguros”… eso ya sería un cambio. Porque esa certeza absoluta no es algo muy útil en este mundo relativo.

Dejar espacio para la tolerancia —es decir, para las posibilidades— es muy beneficioso para nuestra conducta. Nos estamos moldeando constantemente a través de nuestras propias acciones. Y eso requiere flexibilidad mental creativa.

Por ejemplo, en una situación familiar: el abuelo tiene ideas antiguas sobre cómo debería ser el mundo, y el nieto o la nieta tiene ideas nuevas. Y hay conflicto. Un gran conflicto: el choque generacional. Y ambos están absolutamente convencidos de su punto de vista. Seguro que conocés esa escena. Pero si uno de los dos es flexible, si permite el punto de vista del otro… eso ya cambia todo.

Por eso digo que, si el abuelo dice que algo es blanco, incluso si es negro, y el nieto es inteligente, puede decir: “Qué interesante blanco, abuelo”, y todo se resuelve. Pero si el nieto insiste: “No, abuelo, eso no es blanco, es negro”, y quiere corregirlo… entonces ahí aparece el problema. El querer corregir y demostrar que el otro está equivocado.

Aprendí esta lección a lo largo del tiempo. Una vez fui al hospital a visitar a la madre de un amigo que había perdido la mente. Estaba sana físicamente, con carácter fuerte, pero había perdido por completo la razón. Su esposo estaba sufriendo muchísimo, porque ella no era pasiva o callada. No, tenía sus opiniones y las decía con fuerza.

En cinco minutos entendí por qué él sufría tanto: él mismo se lo estaba haciendo. Yo estaba con mi ropa de monje, que es algo inusual, y pensé: “Voy a probar algo”. Le mostré una foto del hijo, y le pregunté: “¿Quién es este?”. Ella la miró y dijo que era su esposo. Yo le dije: “Ah, qué lindo esposo tenés”. Pero el esposo se enojó: “¡Ese no soy yo! ¡Está equivocada!”. Ahí me di cuenta.

Eso que pasó… pasa todos los días en nuestra vida. Ese querer corregir al otro, cuando en realidad no hay nada que corregir. Y no es que yo sea tan inteligente, pero en ese momento fui sabio. Y aprendí.

Esa historia sirve como metáfora. Cuando te descubrís intentando corregir el mundo —pensando cómo deberían ser las cosas, cómo deberían hablar, comportarse, tratar a los demás— prestá atención a esa necesidad irresistible de corregir todo. Esa es una gran fuente de sufrimiento.

Por eso, como decía antes, los medios hábiles implican aprender. Tenemos que encontrar nuestras propias formas. Porque el maestro no va a estar siempre. Los padres tampoco. Entonces, ya sea una persona, una desgracia, o lo que sea, si tenemos tolerancia en este sentido —flexibilidad— podemos decir: “Está bien. Pasó. Me pasó a mí. Y está bien”.

Creo que es importante estar atentos a estas cosas. Muchas gracias. Y estas palabras también son una forma de oración.

Siempre recitamos juntos. Siempre es lo mismo: ese aliento compartido entre pensamientos. Porque es muy fácil decir qué es blanco y qué es negro. Pero el Dharma no es así de claro. La mayoría del Dharma es una mezcla: mezcla de alegría y sufrimiento, de acierto y error, de ganancia y pérdida.

El desafío no está en saber lo que está bien o mal, sino en cómo lidiamos con eso. Y eso requiere mezcla, integración. En tibetano hay una palabra, gemma, que significa algo que parece correcto pero no lo es, y algo que parece incorrecto pero en realidad es lo correcto.

Y eso requiere habilidad. Yo diría que es una búsqueda constante, un proceso de prueba y error. La perfección no surge de una acción perfecta, sino del intento continuo.

La clave es: no rendirse. Seguir. Seguir haciendo. Eso es lo que más importa. El resultado… no importa tanto. De hecho, a veces cuando uno se enfoca demasiado en el resultado, puede ser incluso peor. Nos desanima. Nos frustra.

Así que, una vez que sabés cuál es el objetivo, soltalo. Una vez que sabés qué es lo correcto, soltá también el porqué. Y simplemente hacelo. Eso nos ayuda a aprender cosas nuevas. A ganar experiencia. A descubrir algo que antes no sabíamos.

Es como tocar música hermosa. Lo importante no es tanto el resultado, sino el acto de tocar.

Nuestra felicidad funciona de forma parecida. Si hacemos lo correcto, si creamos las condiciones adecuadas, la felicidad viene sola. Por eso el Dharma habla más del sufrimiento que de la felicidad. La felicidad es natural. Si cuidamos el sufrimiento, la felicidad ya está ahí.

Bueno, tómense un descanso. Muchas gracias. Nos vemos mañana. Que duerman bien, que descansen, y que sueñen.

Enseñado por Khenpo Pema Wangdak el 9 del Abril del 2025
Foto: Pema Ts'al Monastic Institute - 2024

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