Recuperar la mente: reflexiones de un encuentro
Una vez más, quiero agradecerles a todos. Nuestra mente es algo extremadamente precioso. Pero hay algo muy extraño en todo esto: cuidamos de casi todo en nuestra vida, damos atención a muchas cosas… menos a una. Nuestra propia mente. Eso, sin duda, es curioso. Tengo pruebas de ello. La mente es, en esencia, lo más importante que tenemos. Es poderosa, flexible, maleable, increíble… y, sin embargo, en nuestra vida cotidiana, se convierte en lo más frágil. ¿No es eso extraño? ¿Cómo puede ser que lo más valioso sea tratado como si fuera lo menos importante?
Cuando algo sale mal, lo primero que se ve afectado es la mente. Lo permitimos, y eso no está bien. La mente no debería ser lo último en nuestra lista de cuidados, sino lo primero.
Cuando el Buda tenía 29 años, dejó el reino en el que había crecido. Salió a buscar respuestas, aprendió de todos los maestros que encontró. Finalmente, después de seis años, a los 35, sentado bajo el árbol Bodhi, alcanzó la iluminación. ¿Qué hacía allí, en silencio? Estaba escaneando el universo entero dentro de la naturaleza de su propia mente. Lo fascinante es que descubrió que todas nuestras condiciones, incluso nuestras disciplinas, hábitos, modos de vida, formas de hablar, de actuar… todo, absolutamente todo, depende del estado de la mente. Así que lo que estamos aprendiendo es esto: debemos cuidar nuestra mente. Aprender a habitarla, a vivir con ella, a tratarla bien.
Quien conquista la mente, conquista el mundo. En mi forma de decirlo, no se trata de conquistarla, sino de reclamarla. Hoy en día dejamos que nuestra mente se convierta en una vereda por la que todos caminan. Pero ahora decimos: no más. Vamos a limpiarla, sacudirle el polvo, refrescarla, cuidarla. No es sólo teoría. Es real. Quiero volver a dejar la mente como debe ser, no abandonada, oxidada, cubierta de polvo.
¿Y cómo se hace eso? Volviendo a casa. Diciendo simplemente: “Hola, querida mente”. Haciéndonos amigos de nosotros mismos. Liberándonos de toda esa basura acumulada: los miedos, las ansiedades, las sospechas, las culpas, las pérdidas, el miedo a perder… todo eso. Y cuando realmente lo hacemos, descubrimos algo extraordinario: muchos de esos miedos ni siquiera eran reales. El miedo en sí no existe de la forma en que creemos. Y podemos demostrarlo. El miedo es como una ola en el océano. ¿Dónde está la ola separada del agua? No existe. Una ola aparece cuando algo la agita —el viento, la luna, el impacto de algo externo— pero cuando todo se calma, lo único que queda es agua. Así también son nuestras experiencias mentales. Son olas. Pero a diferencia de las olas físicas, la belleza de la mente es que puede cambiar.
Lamentablemente, esa misma capacidad de cambio, esa belleza, muchas veces no la entendemos. Y entonces, la mente se convierte en nuestro enemigo. He visto muchas personas rendirse. Rendirse de verdad. Pero no tenemos por qué hacer eso. Podemos y debemos disfrutar esta vida. Aprovecharla al máximo. Podemos incluso llegar a un punto donde los desafíos son motivo de alegría. Tal vez no estemos ahí aún, pero podemos empezar a practicar. Decirnos: “Qué suerte que tengo este problema, porque tengo la capacidad para enfrentarlo”. Hay muchas personas en el mundo que tienen problemas similares y no cuentan con los recursos. Nosotros sí los tenemos: la mente, el conocimiento, la educación. Así que, si estamos pasando un buen momento, disfrutémoslo. Y si estamos pasando uno malo… también. Ahora nos toca a nosotros ser los desafiados. Porque tenemos los medios para actuar.
En Occidente se escucha mucho una frase: “Tengo que ser compasivo conmigo mismo”. Para mí, esto es bastante nuevo. En nuestra tradición nunca usamos esas palabras, aunque lo que se dice es completamente cierto. Ahora, esa conciencia se está volviendo más explícita. Y es buena señal. Si lo pensamos bien, es una manera inconsciente de decir: “Debo cuidar mi mente”. Y eso es realmente valioso.
Decimos a veces: “Estoy agotado, he trabajado tanto…”. Pero no importa si trabajamos para otros o para nosotros mismos: el cansancio es el mismo. El desgaste está ahí. Así que no se trata de a quién se dirige el esfuerzo, sino de cómo lo vivimos internamente. En la matemática del karma, trabajar por los demás o por uno mismo conlleva la misma carga. Tal vez haya diferencias técnicas, sí. Pero la esencia es la misma. El punto es que el trabajo con nuestra propia mente es el más difícil y el más ignorado. Hacer feliz a otra persona puede ser fácil. Pero encontrar contento dentro de uno mismo… no tanto.
Dependemos mucho de los demás. Esperamos que nos traten bien, que nos digan cosas agradables, que nos den afecto. Pero Buda dijo que quienes dependen emocionalmente de otros siempre están en riesgo. Porque un día, esos otros pueden fallar. Y entonces caemos con ellos. Si vamos a depender de algo, que sea de lo que verdaderamente puede sostenernos.
Hay un ejemplo simple: si te estás cayendo por una pendiente, te agarras de lo primero que encuentras. Si tienes suerte, te agarras de algo firme. Pero si te aferras a una raíz suelta, no sirve. Así es nuestra dependencia emocional. Muchas veces, nos aferramos a lo que no puede sostenernos. Y por eso sufrimos.
Todo esto es sentido común, sabiduría cotidiana. Pero aún así, la ignoramos. Y esa negligencia de lo simple… nos cuesta la vida. He conocido personas que están felices simplemente por estar vivas. Felices de despertar por la mañana, de ver la luz del sol, de sentir la lluvia. No sé si eso es espiritualidad o simplemente su temperamento. Pero existe.
Y al principio, no importa tanto si nuestras intenciones son perfectas. Lo importante es hacer lo correcto, incluso si no estamos del todo bien, incluso si no nos sentimos inspirados. Si esperamos sentirnos perfectos para hacer el bien… nunca lo haremos. Nuestra obsesión con la perfección es la que muchas veces bloquea todo. Queremos que todo esté tan bien, que nada sucede. Pero si soltamos esa expectativa y simplemente hacemos lo que hay que hacer, incluso en la imperfección, algo bueno ocurrirá.
Aspiremos, sí. Apuntemos alto. Pero mientras tanto, avancemos como podamos. Con lo que hay. Con lo que somos ahora.
Gracias. Tomemos un descanso. Nos vemos mañana.
Enseñado por Khenpo Pema Wangdak el 10 del Abril del 2025Foto: Tharlam Monastery - 2024
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Gracias🙏
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