La memoria y el sentido de la práctica

 


Muy buenas noches y bienvenidos a esta sesión. Gracias, una vez más, por unirse. Quisiera decir unas palabras acerca de las oraciones y la práctica, para que no lo olvidemos. Siempre repito esto: ya tenemos suficiente conocimiento, tanta sabiduría acumulada que, si realmente la pusiéramos en práctica, podría ocuparnos varias vidas. No nos falta sabiduría, pero sí padecemos de algo que se llama olvido. Tendemos a olvidar, y eso es tan malo como si no tuviéramos nada. Por eso recitamos oraciones por la mañana, oraciones diarias, semanales, en días festivos, aunque sea una sola vez en la vida. Celebramos, tenemos estatuas, libros… todo existe para recordarnos estas verdades.

Sin embargo, si observo mi mente, noto que si no pongo atención, no logro nada. Mi abuela en India decía: puedes pasar toda la vida en India y no aprender una sola palabra del idioma si no prestas atención. Así funciona nuestra mente: tenemos una memoria selectiva. Por ejemplo, una amiga trabajaba en una oficina justo al lado de un templo japonés en la calle 106, en el Upper West Side. Este templo está un piso más alto que la calle, y justo afuera hay una estatua enorme de Kannon, tamaño real. Ella pasaba todos los días por allí, durante quince años, y nunca la vio. Algo similar pasa en muchas ciudades: hay quienes viven toda la vida en Nueva York y nunca ven la Estatua de la Libertad. Así somos: para ver algo, hace falta poner esfuerzo y atención.

El esfuerzo auténtico

Si nuestro esfuerzo fuera como pasar una pluma suave sobre una roca esperando desgastarla, nunca sucederá nada. Para transformar la mente, necesitamos el trabajo real del cincel y el martillo. Nuestra práctica espiritual requiere ese tipo de energía. Nunca lograremos un verdadero cambio si practicamos como quien frota una roca con una pluma. Hace falta una fuerza auténtica. Lamentablemente, esa fuerza suele aparecer recién cuando llega el final, cuando morimos, pero ya es demasiado tarde.

En la vida del Buda hay una historia sobre un joven inteligente y exitoso, lleno de planes para su vida, negocios y riquezas. El Buda, al verlo desde lejos, se echó a reír. Ananda, su asistente principal, le preguntó por qué reía. El Buda respondió: ese joven tiene grandes planes, pero solo le quedan seis días de vida y no lo sabe. Nosotros estamos igual. Si esperamos a que el sufrimiento o la adversidad nos obliguen a cambiar, tal vez ya sea demasiado tarde. El momento adecuado para practicar es cuando tenemos tiempo y condiciones, no cuando todo se ha complicado.

Más allá de la inspiración superficial

No basta con ser buenas personas o evitar causar daño; cualquiera puede hacerlo, y hay personas de otras religiones o filosofías que lo hacen mejor que nosotros. Lo que distingue a las enseñanzas del Buda es su profundidad y amplitud: ningún otro camino ofrece una sabiduría tan completa y transformadora. Por eso estamos aquí. Es un privilegio y una suerte tener acceso a esto; si no lo aprovechamos, somos aún más desafortunados que quienes nunca lo conocieron.

Al practicar, debemos tener claro que el Dharma no es un pasatiempo ni una fuente de entretenimiento para sentirnos bien o coincidir superficialmente con lo que dijo el Buda. Si nos quedamos solo en ese nivel, estamos desperdiciando una oportunidad única. Para quienes recién comienzan, está bien inspirarse en lo que impresiona o motiva, pero si uno ya ha recibido inspiración, es una pérdida de tiempo no dar el siguiente paso: tomar el cincel y el martillo y comenzar a esculpir el cambio desde adentro.

El cambio real surge de adentro

Lo importante es ir más allá de lo superficial, del mero interés o comodidad. El Dharma requiere pasos concretos, acciones que transformen de verdad, aunque sean pequeñas, como un martillo pequeño, pero que dejen huella en nuestra mente y en nuestra vida. Solo así el cambio será real y sostenido.

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