La mente como sistema operativo
Gracias, muchas gracias. Una vez más estamos reunidos aquí. Como enseña el Buda, toda nuestra experiencia está centrada en la mente. Todo el universo funciona a partir del estado de la mente. Es como nuestro sistema operativo. Pero este sistema no es algo ajeno: es nuestra propia mente, con sus funciones, acciones, reacciones, comportamientos. Por eso, la práctica espiritual consiste, en esencia, en trabajar con la mente.
Aunque parezca fácil, vivimos profundamente atraídos hacia lo externo. ¿A quién no le gusta la buena música? Todos nos sentimos atraídos por lo agradable: una linda imagen, una buena película, una cara bonita. Hasta las madres, cuando ven un bebé, suelen decir "¡qué lindo!", nunca "¡quiero uno feo!". No porque el bebé tenga un valor intrínseco en su belleza, sino porque eso refleja lo mucho que nuestra mente se encuentra volcada hacia lo sensorial.
Los objetos mentales y la construcción de la realidad
No solo percibimos a través de los sentidos físicos. También existe un sexto sentido: el mental. La mente también tiene objetos, que son las ideas, los recuerdos, las imágenes mentales que fabricamos. A veces, incluso si algo ya no existe, seguimos aferrados a esa imagen mental. Es como un arquitecto que imagina un edificio antes de que exista: todo se construye primero en la mente.
Nuestra realidad es, en gran medida, una construcción basada en hábitos, recuerdos, estímulos, condicionamientos, reacciones. Es como un collage: un software de existencia. Y, al igual que en la evolución física, la evolución espiritual sigue un protocolo parecido. Quizás no entendamos todo, pero sí lo suficiente como para trabajar con ello.
Cuidar el cuerpo, alimentar la mente
Así como no necesitamos saber con exactitud a qué parte del cuerpo va cada nutriente para alimentarnos bien, con la mente sucede igual. Solo necesitamos saber qué es saludable, qué es dañino. El alimento para la mente necesita ser seleccionado con cuidado. Hoy en día, muchas veces la mente se parece a un depósito de chatarra. Pero si sabemos elegir bien las piezas, podríamos construir un coche nuevo. Y lo mejor: todas las herramientas ya están dentro de nosotros.
Así como al mover el cuerpo se genera calor, no porque lo fabriquemos, sino porque ya está latente, la mente también contiene sabiduría, compasión, lucidez. Solo hay que activarlas. Están ahí, son inagotables, accesibles, propias. No son algo ajeno ni importado.
La práctica interior: cuerpo y mente como una unidad
Las enseñanzas del Buda apuntan hacia adentro. Pero eso no significa olvidar el cuerpo. El cuerpo es como una taza, la mente es el agua. Si no tenemos cuerpo, la mente no puede manifestarse ni sostenerse. Por eso, cuidar el cuerpo, mantenerse sano, vivir mucho tiempo: todo eso es una gran riqueza. No queremos un impacto fugaz, un gran gesto heroico. No buscamos el “vivieron felices para siempre”. No hay un “final”, hay solo el presente. Por eso, no hay que vivir esperando a que “algún día todo estará bien”.
Romper con hábitos culturales inconscientes
Muchas veces vivimos atrapados en hábitos culturales sin darnos cuenta. En cada sociedad hay costumbres tan arraigadas que parecen naturales. Y sin embargo, si las observamos con claridad, descubrimos que muchas de nuestras decisiones no están guiadas por la lógica ni por la libertad, sino por repeticiones inconscientes.
Por eso es tan importante desarrollar sabiduría discriminativa. Saber qué adoptar y qué dejar de lado. Ayer hablábamos de la verdad relativa y la verdad absoluta. Nacemos, morimos, cambiamos. Esas son verdades absolutas. Hay cosas que no cambian. Necesitamos comer, cuidar nuestra vida, vivir con dignidad. Aun cuando escuchamos relatos extraordinarios, hechos mágicos del pasado, solemos quedarnos atascados en el relato y no aplicamos su mensaje.
¿Alguna vez viste un fantasma en Nueva York? Yo no. Pero sí en zonas remotas. Es decir, muchas cosas sin sentido siguen vivas, y muchas cosas esenciales, las olvidamos.
Aprender a dejar ir el mérito
Quisiera cerrar con algo muy importante. Cuando hacemos algo bueno, lo mejor que podemos hacer es soltarlo. ¿Cuántos de ustedes siguen pensando todo el día en que tomaron el desayuno? Nadie. Lo mismo con una oración, una ofrenda, un buen gesto. Hay que hacerlo y dejarlo ir. Esa es la práctica inigualable: hacer el bien sin apegarnos a la idea de haber hecho el bien.
Porque el veneno de la ratificación es muy peligroso. Muchos males en el mundo han sido justificados como buenas intenciones. Las guerras se han peleado por “la paz”. ¿Y qué ocurre? Que el resultado termina siendo lo opuesto a la intención original. Por eso hay que estar muy atentos, no validar nuestras acciones solo porque “parecen” buenas. Hay que hacer el bien, sí, pero también dejarlo ir. Saber que fue algo precioso, y a la vez soltarlo, como si nunca hubiera ocurrido. Esa es la paradoja que hay que aprender.
Dedicación final
Esta mañana quisiera pedirles que dediquemos nuestros méritos a una joven benefactora de la Asociación de Mujeres Tibetanas que falleció trágicamente en un accidente mientras viajaba en Pakistán. Se llamaba Laura Dahlmeier, había visitado recientemente a la comunidad tibetana en el sur de India. Recordémosla con cariño.
Y recordemos esto: cada acción buena debe vivirse como si uno simplemente se hubiera levantado de la mesa después de desayunar. Se terminó, seguimos con la vida. Solo así el mérito florece. Si lo aferramos, se pudre. Si lo soltamos, se transforma en virtud.
Gracias a todos, una vez más. Que todo lo bueno que hacemos sea ofrecido de esa manera: sin apego, sin orgullo, con discernimiento y con total libertad.

Gracias por tanto 🩷
ResponderBorrarEs un enorme gusto poner las palabras de Khenpo Pema aquí, también me siento muy agradecido y afortunado de tener un maestro cómo él. Gracias por tu lectura.
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