La soledad del yo y la apertura del corazón


Gracias a todos. De verdad, gracias. Es una alegría y un privilegio estar entre ustedes, en sus vidas, y ser un amigo espiritual, un compañero en el camino que el Buda ha mostrado. Somos los que responden a ese llamado. Somos quienes responden al llamado del Buda. Estamos cerca. Y deberíamos aprender, deberíamos ser conscientes. Deberíamos tomar esta energía y hacer lo mejor con ella.

Cada evento es parte de una cadena

Todo evento que sucede tiene un evento anterior que lo condiciona. O bien, impacta un evento futuro. No necesariamente como una copia exacta, pero sí en resonancia. Alguien me dijo una vez que si una mariposa aletea en el occidente o en el oriente, afecta los vientos del otro lado. ¿Han oído hablar de eso? Es una idea científica, creo. Claro, no queremos ponernos paranoicos. La idea no es preocuparnos, sino abrirnos.

Cuanto más abiertos estamos, más sabemos, más accesibles somos, más progresamos. Y nos volvemos mejores, naturalmente. Pero mientras más cerrados somos —más rígidos, más estrictos, más irritables— más pobres somos. Esa es una realidad natural.

La mente inclusiva es la mente sabia

Imaginemos que escuchamos que el mundo entero va a colapsar, no solo nosotros. ¿No sería más aceptable si todos estuvieran implicados? Lo que intento decir es que una mente inclusiva —que incluye el tiempo, el espacio, las personas, los eventos, las posibilidades— es más sabia.

Un discípulo del Buda, después de aprender, fue enviado a difundir la enseñanza. El Buda le preguntó: “¿A dónde vas?” Y él respondió: “A un lugar donde las personas son realmente difíciles.” El Buda le dijo: “¿Y si te insultan?” El discípulo respondió: “Eso está bien, mientras no me golpeen.” Y si te golpean, preguntó el Buda. “Entonces también está bien, mientras no me maten.” ¿Y si te matan? “Pues entonces alcanzaré la liberación.” Con esa actitud, siempre ganas.

Mientras más nos expandimos, más sostenible se vuelve nuestro valor espiritual. La palabra clave aquí es “todo”. Todo. Esa sabiduría se llama “sabiduría de la igualdad”. Es sensata, es increíble. Tenemos que aprender a relacionarnos con ella de forma creativa, porque la experiencia no depende tanto de lo que se dice, sino de cómo la vivimos.

Aprender a vivir momento a momento

Los tibetanos tienen mucho que enseñar, y nosotros, mucho que aprender. Es como cruzar un puente en el que solo se puede llevar una manzana, aunque tengas tres. Solo puedes hacer una caminata, y solo puedes llevar contigo una cosa. Cada momento es un solo momento. No se puede vivir la misma mañana dos veces. A veces parece complicado, pero hay maneras sencillas.

La práctica consiste en entrenarse para sostener solo una manzana a la vez. No importa lo que pase en el mundo, solo tenemos cierta capacidad. Podemos aprender a no cargar más de lo necesario. Ese es el principio del camino del Buda.

Todos sabemos, incluso sin que nadie nos lo enseñe, que lo que necesitamos es paz y felicidad. No se trata de una idea, ni de una filosofía, ni siquiera de sabiduría. Es experiencia. Incluso los animales lo saben. No necesitan un título universitario para buscar afecto. Si acaricias a un perro, te ama. Lo siente.

Pero lo que sí debemos aprender es cómo sostener esa paz. Cómo no perderla. Y eso es lo que estamos tratando de entender juntos.

La trampa del "yo, yo, yo"

Gracias a todos los que vinieron a esta sesión nocturna. Ahora me voy a cenar, aunque no voy a decir qué voy a comer, por si acaso sienten envidia culinaria. Recordemos los dos temas centrales: el universo y el yo.

La persona más solitaria del universo es la que solo piensa en sí misma. “Tal vez debería intentar esto… conseguir un trabajo… casarme… tener hijos… renunciar y convertirme en monje…” Yo, yo, yo. Si voy a Alaska, tal vez encuentre un mejor trabajo. Si me mudo, tal vez sea más feliz. Esta es la mente solitaria, atrapada en su propia órbita.

La belleza sin seres vivos

Hace muchos años fui a Washington DC, al museo Smithsonian. En la sala IMAX mostraban imágenes de la Tierra desde un globo aerostático. Glaciares, océanos, nubes… bellísimas imágenes. Pero no había ni un solo ser humano. Ni un ave. Nada. Y me puse triste. Me deprimí. No entendía por qué, pero ahora sé que fue por la soledad. Porque no había nadie ahí.

Al salir del cine, escuché a alguien decir lo mismo. Qué hermoso, pero qué deprimente. Las imágenes eran perfectas, pero la ausencia de vida las hacía tristes.

La tristeza puede ser fértil. A veces, el dolor es como un fertilizante. Puede dar lugar a la floración. La depresión puede convertirse en desierto, o en un campo en flor. No tengo palabras sofisticadas, ni soy terapeuta, pero puedo hablar desde mi experiencia y la observación de los demás.

La tristeza como impulso del Dharma

Una cosa que tiene el Dharma es que puede florecer en quienes lo escuchan desde una edad temprana. En esos casos, la tristeza no es una enemiga, sino una maestra. Hace que la mente se esfuerce. Para quienes fuimos formados de otra manera, la tristeza parece algo que hay que rechazar. Pero para un practicante experimentado, la tristeza no es mala. Es profunda. Es interior. Aprendemos de ella.

Gracias a todos. Gracias de corazón.

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