Orar, Abrirse y Comprender el Momento Presente
Jugar, esperar, orar. Comencemos entonces con una oración a la Madre Tara. Hay tantos recursos disponibles para nosotros, o más bien, para usar una palabra mejor, hay un verdadero tesoro. En las escrituras se lo llama el gran almacén de las enseñanzas, el depósito del Dharma. Dicho en un lenguaje más actual, es como un enorme supermercado espiritual donde se encuentra todo lo que uno pueda necesitar.
El ejemplo del supermercado
Cuando llegué por primera vez a Estados Unidos, un amigo me pidió que bajara a comprar leche en una tiendita llamada White Hen Pantry. Yo no estaba acostumbrado, entré, miré, y no supe encontrar lo que buscaba. Me mandaron de nuevo. Esta vez descubrí que había tantos tipos de leche distintos que no sabía cuál elegir: entera, descremada, dos por ciento. Creí que “dos por ciento” quería decir algo especial, así que compré esa. Mi amigo me dijo que no, que no era esa. Volví una tercera vez. No era un gran supermercado, apenas un local pequeño en Cambridge, pero la variedad me confundía.
Hoy, en cambio, puedo entrar a un hipermercado, cerrar los ojos e ir directo al pasillo de la leche. Sé hacia dónde caminar, casi lo siento en el cuerpo, como una dirección interna. Eso es justamente lo que ocurre con las enseñanzas del Buda: se necesita un poco de experiencia, de familiaridad, como cuando uno aprende a hacer las compras. El gran almacén del Dharma está lleno de todo lo que necesitamos, pero si no sabemos buscar, nos perdemos entre tanta abundancia.
La mente impresionable
Uno de los errores que cometemos es ser demasiado impresionables. Si alguien nos dice una palabra amable, de inmediato pensamos que esa persona es maravillosa. Si alguien comete un error, podemos rechazarlo por completo, aunque en el fondo sea una buena persona. Así funciona nuestra mente: juzgamos con ligereza, sin ver en profundidad.
La enseñanza nos invita a mantenernos abiertos. Nada está definido por un solo hecho. Cuando sufrimos, sea un dolor de muelas, de cabeza o una pena emocional, nuestra mente lo magnifica como si no existiera nada más. En ese momento todo se reduce a esa molestia y sentimos que lo demás no importa. Pero cada dolor es apenas una chispa dentro de una red mucho más amplia de experiencias. No lo vemos, y por eso reaccionamos con rigidez, pensando que si esa persona desapareciera o si ese problema se resolviera, todo estaría bien. Ese es un signo de un corazón cerrado.
La apertura del corazón mediante la oración
Orar nos ayuda a abrir el corazón. Cuando enfrentamos desafíos, la cuestión es si realmente nos vuelven disfuncionales. Si no es así, entonces no son tan graves. Está bien dejar que otros ganen, está bien perder a veces, porque no es el fin del mundo. Invertir en la mente es lo más confiable que podemos hacer. Todo lo demás—posesiones, estatus—es frágil. En cambio, las impresiones que dejamos en nuestra mente a través de la oración, la meditación y la intención sincera permanecen. Incluso cuando nuestro cerebro consciente lo olvida, el subconsciente lo conserva. Así funciona el karma: las huellas del pasado se proyectan hacia el futuro a través de la corriente de la conciencia.
Nacemos en ciertas familias, en ciertos lugares y comunidades, impulsados por esa inercia kármica. Por eso la práctica consiste en desarrollar lentamente fe, confianza y devoción hacia el Buda y sus enseñanzas. Ese es el inicio del camino.
El valor del momento presente
Después de orar, recordemos también que todo depende de nuestra mente. Incluso las prácticas más pequeñas, si se hacen con seriedad, abren la puerta a todo lo demás. Todo se apoya en el estado de nuestra mente. Y si descomponemos el tiempo, descubrimos que sólo existe el presente.
Cuando era niño, un maestro nos enseñó a imaginarlo con un ejemplo: un libro de mil páginas atravesado por un hacha muy afilada en apenas medio segundo. Ese golpe puede dividirse en mil fracciones, y cada página en tres partes: el inicio, el medio y el final. De ese modo, medio segundo puede concebirse como tres mil instantes. Si ampliamos la escala, podemos dividir todavía más y descubrir que incluso un instante es casi inexistente. El pasado ya se fue, el futuro no ha llegado, y el presente mismo se disuelve en partículas de tiempo inconcebiblemente pequeñas.
Entonces, cuando sufrimos, ¿qué es en realidad ese dolor? El dolor mismo dura apenas un instante, y el siguiente ya pasó. Lo que persiste es lo que fabrica nuestra mente, una especie de maquinaria que repite y repite la experiencia, mucho más allá del momento original.
La conclusión
Así es como la mente crea permanencia donde no la hay, prolonga un instante en apariencia infinita. La oración y la práctica nos ayudan a aflojar esa maquinaria, a descansar en apertura. Recordemos: el tiempo, el dolor, la duración misma de lo que sentimos, son construcciones mentales. Lo que importa es invertir en nuestra mente, porque es lo único verdaderamente confiable.
Gracias, que tengan un buen descanso y buenas noches.

hermosas palabras las de Khempo! son un bálsamo y una guía!
ResponderBorrarmuchas gracias!
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