Reflexiones sobre el tiempo y la impermanencia

 

El instante y el universo entero

Buenas noches a todos. A veces hablo sin planear lo que voy a decir, y de mi boca surgen palabras que yo mismo no esperaba. Eso lo llamamos tiempo, o la atemporalidad del tiempo. En un solo instante puede estar contenida la totalidad del universo. Las oraciones dicen: en un solo átomo está el universo entero, y cada átomo contiene la totalidad del cosmos.

Es algo confuso, pero nos invita a pensar en el tiempo y el espacio. Un segundo puede contenerlo todo. Por eso se habla del tiempo dentro del tiempo. Existe un cuerpo de enseñanzas que el Dalái Lama transmite y que se llama Kālacakra. “Kāla” en sánscrito significa tiempo, “chakra” significa rueda. En tibetano lo traducimos como korlo. Esta enseñanza no se limita a hablar del tiempo en sí mismo: nos da una clave para entender cómo la realidad puede sentirse más real o menos real, más concreta o más sutil. Incluso aquello que parece sólido como una roca no es absoluto en sí mismo.

La percepción del tiempo en el sufrimiento y en la felicidad

Cuando sufrimos, el tiempo parece detenerse. Cuando viajamos cansados, la carretera parece interminable; cuando no podemos dormir, la noche se estira sin fin. En cambio, cuando disfrutamos, el tiempo pasa rápido. La intensidad de nuestra experiencia moldea la percepción: el dolor hace que el tiempo se congele, la alegría hace que se disuelva.

Si fuera posible perfeccionar la felicidad, ¿cómo sería? Uno de los nombres del Buda es Sugata, en tibetano dewar shepa, “el que ha ido al estado de paz”. Ese estado es llamado Dechen, la gran dicha. Allí el tiempo puede expandirse para siempre. No es de extrañar que en Occidente surja la idea de “vivieron felices para siempre”.

Pero en esta tierra no funciona así, porque vivimos en una mezcla de dulce y amargo, de tosco y suave, sin poder definir claramente qué es la vida. El budismo, al menos teóricamente, nos muestra la posibilidad de una felicidad sin fin. Para nosotros es solo una teoría, pero nos da una pista.

Los budas, a diferencia de nosotros, pueden mantener ese instante de dicha sin interrupción. Para ellos, el tiempo mismo no existe: han trascendido tiempo y espacio. Para nosotros, al menos, la idea de estirar un momento de paz ya es valiosa. Si en cien años de vida pudiéramos sentir un solo día pleno de serenidad, ya sería suficiente.

Posponer la felicidad

La vida es corta. Precisamente por eso deberíamos aprovecharla. Sin embargo, solemos hacer lo contrario: postergar la felicidad. Decimos “hoy no es buen momento, llámame mañana”, y dejamos que la miseria ocupe el lugar de la alegría. Nos concentramos con obsesión en el sufrimiento, como si fuera una meditación torcida: enfocados, atentos, sin distracciones… perfectamente miserables.

Buda, en cierto sentido, actúa como un travieso que intenta distraernos de esa fijación en el dolor. Nos ofrece otra distracción llamada meditación. Así, la práctica meditativa es una manera de romper la obsesión con las miserias y abrirnos a la calma.

El antídoto de la impermanencia

El odio surge de aferrarnos a lo que es pasajero como si fuera eterno. Sin embargo, ni nosotros ni nuestros enemigos permanecemos: todos vamos hacia la disolución. Comprender esto abre naturalmente a la tolerancia y al perdón.

Existe una metáfora famosa: un maestro fue invitado a un festival con banquetes, cantos y danzas. El rey le preguntó si lo había disfrutado, y él respondió que no había visto nada. Nadie podía creerlo. Entonces explicó: imaginen un prisionero condenado a muerte al que se le da un cuenco lleno de aceite y se le permite caminar por el castillo. A su lado va un guardia con espada, dispuesto a cortarle la cabeza si derrama una sola gota. Si logra recorrer todo el camino sin fallar, será liberado. ¿Qué ve y qué oye ese prisionero? Nada, solo se concentra en no derramar el aceite.

Así es nuestra vida: el tiempo es nuestro verdugo. No hay espada visible, pero la naturaleza cambiante nos destruirá con certeza. La atención a la impermanencia es lo único que nos permite atravesar este “castillo de la existencia” sin distraernos.

Vivir en el presente

No debemos esperar que mañana todo mejore. Mañana puede no llegar nunca. Ahora es el momento. Este instante es la oportunidad de detener el tiempo, de vivir en la punta del presente. Tal vez nunca lo logremos por completo, pero al menos podemos acercarnos. Teóricamente, vivir plenamente en el momento presente es detener el tiempo: nada cambia allí.

Conclusión

Por eso lo importante no es postergar la felicidad, sino vivirla ahora. Recordar la impermanencia nos libera del odio y de la obsesión por el sufrimiento. Si aprovechamos este instante, aunque sea breve, será suficiente.

Y con un toque de humor, hasta los perros y los gatos —decía el maestro— tienen derecho al Dharma. Lo único que no está permitido es aplazar nuestra propia felicidad.

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas más populares de este blog

La práctica consciente y el valor de aprender continuamente

La impermanencia como práctica viva

Reflexión sobre el sufrimiento privilegiado y la responsabilidad interior