Vivir entre los seres, confiar en el Dharma
La generación de mérito y la alegría compartida
Es interesante reflexionar sobre la práctica de generar pensamientos amables hacia todos los seres sin discriminación. Cada vez que mantenemos ese sentimiento de apertura y bondad, acumulamos un inmenso caudal de mérito. No es extraño entonces que yoguis como Milarepa alcanzaran la iluminación en lugares remotos, en cuevas, montañas o desiertos, donde aparentemente no había nada más que insectos o telarañas. Uno podría preguntarse cómo es posible que lograran la iluminación allí, cuando parecería que deberían haber estado en medio del bullicio y las dificultades de un lugar como Nueva York. Pero la paradoja es que incluso en una gran ciudad podemos experimentar un aislamiento más profundo que en una cueva.
De hecho, en la ciudad la soledad puede ser aún mayor: se vive rodeado de miles de personas y, sin embargo, nadie nos conoce ni nos reconoce. He visto vecinos después de veinte años sin haberlos cruzado nunca antes. Esta es la forma en que muchos vivimos en el samsara: en medio de la multitud, pero esencialmente solos. No se trata de culpar a la ciudad; lo que quiero señalar es que no debemos permitir que este aislamiento se convierta en un obstáculo. Al contrario, como seres humanos sociales, deberíamos aprender a vivir entre todos, a participar en la vida de los demás, a compartir sus alegrías, a celebrar sus nacimientos, bodas, graduaciones y hasta sus logros cotidianos. Al unirnos a la felicidad de otros, aunque sea algo mundano, podemos transformarlo en parte de nuestra práctica espiritual.
Confianza en el Dharma y apoyo mutuo
Para lograrlo necesitamos confianza. Confiar en las palabras del Buda, desarrollar gusto por el Dharma. Muchas veces, al inicio, el Dharma puede parecernos como comer brócoli: necesario, pero poco atractivo. Mientras tanto, los “sabores” del samsara se nos antojan como manjares. La práctica consiste en invertir esa percepción: transformar el Dharma en un alimento exquisito y todo lo demás en lo accesorio. Para eso necesitamos apoyo, necesitamos darnos ánimo entre nosotros. El simple hecho de reunirse y practicar juntos genera inspiración. Eso es lo que significa la Sangha: compañeros espirituales que se sostienen mutuamente, que nos recuerdan el camino, que nos ofrecen calor, comprensión y confianza.
Cada mañana y cada tarde recordamos que tomamos refugio en el Buda, el Dharma y la Sangha. No porque la Sangha sea el único mundo posible, sino porque es el punto de partida, el entorno donde podemos crecer y desde allí brillar más allá de nosotros mismos.
La necesidad de medios hábiles
Sin embargo, la confianza no basta. Junto con la sabiduría y la compasión necesitamos otra cualidad indispensable: los medios hábiles. Es decir, la capacidad práctica de llevar lo aprendido a la acción. No basta con conocer la receta: hay que tener la experiencia de cocinar. Los libros, las enseñanzas y las palabras del maestro nos muestran el camino, pero la experiencia se obtiene únicamente al practicar y experimentar por nosotros mismos.
Por eso debemos aplicar lo que escuchamos, leer, reflexionar y luego ponerlo en acción, hasta que lo experimentado se convierta en verdadera comprensión. Entre las cinco sabidurías, la más fundamental es aquella que se refiere a lo evidente, a lo que está frente a nosotros: el Dharma que podemos ver, pensar y reconocer sin necesidad de experiencias místicas. La ciencia moderna nos muestra cómo lo evidente puede analizarse, incluso en terrenos como la psicología o el estudio de la mente. Algo similar ocurre con la oración: aunque parezca rozar lo místico, también tiene componentes prácticos y comprensibles que podemos integrar en nuestra vida.
La relación entre el yo y los demás
En última instancia, todo se reduce a comprender la relación entre el yo y los demás. Solo existen dos realidades en juego: el yo y el universo entero que no es yo. Cuando cultivamos amor hacia todos, sin discriminación, nos acercamos al camino del Buda. Pero cuando cultivamos odio hacia todos, de manera indiscriminada, también abarcamos el universo entero, aunque en la dirección equivocada. Comprender esto nos permite dejar de estar encerrados en nosotros mismos y abrirnos a una conexión real con los demás.
Así, la práctica consiste en aprender a estar solos cuando es necesario, pero también en aprender a estar acompañados, compartiendo, confiando, celebrando y ejercitando medios hábiles. Con la ayuda del Buda, del Dharma, de la Sangha, y con el apoyo de figuras como la Madre Tārā, podemos transformar cada situación en parte del camino, hasta que incluso los aspectos más sencillos de la vida se vuelvan oportunidades para despertar.

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