La perfección de incluir a todos 🪷
Gracias a todos por unirse a la oración de esta noche.
Recordemos que orar por los demás es un acto muy generoso; debemos hacerlo con seriedad.
El poder de la oración solo se vuelve poderoso si surge del corazón.
Es como escribir una carta oficial: si no la firmás, no tiene valor.
De la misma manera, si hacemos buenas acciones sin intención genuina, sin conciencia ni esfuerzo, carecen de fuerza, de “hueso”, como suelo decir.
Por eso, cuando oramos, debe ser con sinceridad.
No importa cuán desarrollados o débiles seamos espiritualmente; lo que cuenta es la intención, la preocupación sincera y la honestidad del corazón.
Oramos por el bienestar de todos los seres:
por su felicidad, su paz mental y su éxito.
Por las familias, para que vivan en armonía;
por los niños, para que sean cuidados y respetuosos con sus maestros;
y por los viajeros, para que encuentren buenos compañeros en el camino.
Una historia sobre viajar
Una vez viajaba de Suecia a Nueva York.
A mitad del vuelo anunciaron:
“Los que hacen conexión hacia Baltimore, Montreal, Washington D.C. o Nueva York, por favor revisen su conexión.”
Aterrizamos inesperadamente en Groenlandia.
El aeropuerto estaba vacío, solo unas pocas personas en una esquina.
Tras mucha confusión, escuché a dos jóvenes decir:
“Cincuenta mil personas murieron en Nueva York.”
Pensé: “Debe ser otra exageración americana.”
Poco después nos dijeron:
“Tomen su equipaje, hay un autobús hacia el hotel.”
Nada más.
Al llegar al hotel vimos las torres ardiendo en la televisión. Era el 11 de septiembre.
Nos quedamos allí tres días.
La aerolínea dijo:
“Pueden quedarse una noche gratis o regresar al punto de origen.”
Mientras esperábamos, sucedió algo hermoso:
todos se volvieron amables, solidarios.
Desconocidos comenzaron a cuidarse unos a otros.
De repente surgió una intimidad genuina al compartir la incertidumbre.
Al tercer día despegamos hacia Nueva York,
pero a mitad de vuelo anunciaron:
“No podemos aterrizar en Nueva York. Iremos a Montreal.”
Nadie protestó. Todos estaban cansados, pero en paz.
Tomé un autobús nocturno hasta Nueva York.
Todo se veía diferente, pero en esos tres días las personas se habían vuelto más humanas.
En los momentos difíciles, nuestra calidez natural despierta.
Vivir con corazón
No vivamos la vida seca, como un hueso blanqueado.
Vivamos con carne, con corazón, con calidez.
La vida debe estar viva.
Tratamos de casarnos, pensando que eso nos hará un poco más felices.
Luego tenemos hijos, creyendo que eso nos dará plenitud.
Después esperamos con ilusión la llegada de los nietos.
Y sí, todas esas cosas aportan pequeñas alegrías a la vida…
pero también mucho esfuerzo y sufrimiento.
Entonces, ¿qué creen?
¿Obtenemos más felicidad o más dolor del matrimonio y los hijos?
(Alguien respondió: “Depende.”)
¡Ah, esa palabra “depende”!
Es ingeniosa, pero escurridiza; una forma elegante de no comprometerse.
Así que mejor no digamos “depende”.
Recemos, simplemente, sin depender de nada.
Ni del estado de ánimo, ni del clima, ni del cansancio.
Cada momento puede ser genuino, relativamente absoluto, como me gusta decir.
Recemos con inocencia, sin condiciones, sin pedir garantías.
Nadie puede darnos una garantía — ni siquiera el Buda puede prometer que viviremos hasta mañana.
Pero el sentido común nos dice: probablemente veremos el amanecer,
así que vivamos como si fuéramos a vivir cien años,
pero con la sabiduría de que podríamos morir esta noche.
Esa es la forma inteligente de vivir.
Orar por todos
Cuando oramos, oramos por todos.
Esa es la clave — la inclusividad es perfección.
La perfección significa que nada ni nadie queda fuera.
Si discriminamos — este sí, aquel no — eso es imperfección.
Cuando incluimos a todos, el yo y el otro se vuelven indistinguibles.
Esa es la verdadera perfección.
The word all — “todos” — is the good word. I like the word “todos.”
Por eso oramos sin prejuicios, por todos los seres.
Esa oración es verdaderamente eficaz y profunda.
El sabor del Dharma
Debemos desarrollar lo que llamo el sabor del Dharma.
El sabor de la paz no se parece a ningún placer sensorial.
La alegría que surge de dar, de la generosidad o de la contentación,
es distinta: tranquila, sutil, refinada.
En nuestro mundo, la contentación se considera aburrida o poco ambiciosa.
Pero para quienes han madurado espiritualmente,
tiene un sabor superior a cualquier placer ordinario.
Cuando uno comienza a probar el verdadero sabor del Dharma,
los otros sabores —los de los sentidos y las emociones— ya no resultan tan atractivos.
El gusto que antes parecía dulce —como el de los deseos, las distracciones o las adicciones—
empieza a parecer amargo.
Esto no ocurre porque uno se vuelva rígido o reprimido,
sino porque el paladar interno cambia.
Así como un niño deja de desear dulces en exceso cuando descubre el alimento real,
la mente madura deja de anhelar las pequeñas gratificaciones que antes la dominaban.
“Cuando probamos el sabor de la paz,
los sabores de las adicciones —a los sentidos, a la emoción, a la constante búsqueda de estímulo—
nos resultan desagradables, incluso feos.
Es como si viéramos de pronto que aquello que parecía dulce contenía veneno.”
El sabor del Dharma no deja residuos, ni pesadez, ni culpa.
No necesita nada externo para existir.
Es simple, puro, completo en sí mismo.
Nuestros sentidos —vista, sonido, olfato, gusto y tacto— sostienen el cuerpo,
pero son limitados.
Actúan como anclas para que la mente no flote como una semilla de algodón en el viento otoñal.
Cuando morimos, esa ancla desaparece.
La mente flota, perdida, a menos que la hayamos entrenado.
¿Vieron alguna vez a los gatos cuando los llevan al veterinario?
Algunos se asustan tanto, luchan tan desesperadamente,
que terminan asfixiándose solos, simplemente por resistirse demasiado.
Nuestra mente es igual.
Cuando llega la muerte y se separa del cuerpo, se agita, se resiste,
y en esa lucha genera su propio sufrimiento.
Por eso debemos entrenarla ahora, mientras aún estamos anclados al cuerpo,
para que cuando llegue ese momento no se ahogue en su propio miedo.
Morir sin entrenamiento es como ser arrojados a un lago profundo sin saber nadar.
De pronto estamos rodeados de agua por todos lados y no sabemos qué hacer,
porque nunca aprendimos a movernos en ese elemento.
Pero si practicamos mientras aún vivimos, cuando llegue el momento del paso podremos reconocerlo.
Caeremos en el agua y diremos:
“Ah, esto es agua. Ya sé cómo nadar.”
Mientras aún estamos anclados al cuerpo, tenemos la oportunidad de desarrollar fuerza interior —
como quien entrena los músculos antes de una gran travesía.
Debemos construir fuerza mental como si forjáramos una armadura.
Así, cuando llegue la muerte, sabremos a dónde vamos.
No nos hundiremos ni nos asustaremos, porque tendremos la energía y la claridad necesarias para mantenernos a flote.
Este entrenamiento no es físico, sino espiritual:
fortalecer la mente con atención, compasión y sabiduría,
para que al soltarse del cuerpo conserve dirección y confianza,
como un nadador que sabe orientarse en el océano.
Amar la vida sin abrazarla
Podemos disfrutar de la vida, pero con sabiduría,
como quien visita el zoológico.
“Podés saludar a los tigres y a los leones, admirarlos, pero quedate detrás de la barrera.
No trates de abrazarlos ni de meter la mano en la jaula, porque te van a morder.
Hay una forma de amar sin acercarse demasiado,
de disfrutar sin caer en la trampa del deseo.”
Podemos gozar de la vida, sí — comer bien, reír, mirar una buena película, amar —
pero sin confundir placer con libertad.
Amar con distancia, sin que el tigre del apego nos devore.
Conclusión
Cultivemos ese sabor:
el sabor de la paz, la generosidad y la contentación.
Disfrutemos la vida, pero sin abrazarla demasiado fuerte.
Veamos una película, compartamos con amigos, comamos bien —
pero sin aferrarnos.
Amemos la vida con un poco de distancia,
como quien contempla a un tigre hermoso desde detrás de la reja.
Gracias a todos.
Buenas noches.
Nos vemos mañana.

Gracias ☺️
ResponderBorrarUn gusto!
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