Los seis tipos de alimento y el arte de aprender a aprender
Una vez más, gracias por unirse a esta sesión.
Cada encuentro, cada persona, cada momento, es especial.
Debemos entrenar nuestra mente para ver lo especial en todo lo que ocurre.
Se dice que todo el mundo está hecho por nuestra propia mente.
Y si eso es cierto —como creo que lo es—, entonces, salvo el hambre, la sed, el calor o el frío, todo lo demás es un estado mental. El color de nuestra ropa, las formas que percibimos… todo surge de la mente, excepto los aspectos físicos más extremos que dependen directamente de los sentidos.
Los seis alimentos que nos nutren
Vivimos gracias a seis tipos de alimento.
Normalmente llamamos “comida” solo al alimento de la boca, pero en realidad hay cinco más.
El alimento de los ojos son las formas agradables que vemos.
El alimento de los oídos son los sonidos bellos, como la música o las palabras de aprecio.
El alimento de la nariz es el aroma que nos complace.
El alimento del cuerpo es aquello que brinda una sensación física placentera o de descanso.
Y el alimento de la mente son los objetos mentales: pensamientos, recuerdos, emociones, imágenes, ideas.
Cada sentido se alimenta de su propio objeto, y cuando confundimos estos niveles de nutrición, surge la insatisfacción.
A veces una persona está mentalmente infeliz, pero come y come, como si la comida pudiera curar una herida emocional.
Eso no funciona.
Recuerdo una experiencia en la India: hay muchos mosquitos, y cuando pican en una zona donde la piel es gruesa, la picazón es insoportable, porque uno se rasca pero no logra alcanzar la profundidad del picor.
El sufrimiento mental es igual: intentamos calmarlo con el remedio equivocado, y la insatisfacción sigue ahí, bajo la superficie.
Si alguien está perturbado y le damos comida, no lo ayudamos.
Y si alguien tiene hambre y le damos un abrazo, tampoco sirve.
Tenemos que reconocer qué tipo de hambre pertenece a qué nivel: cuerpo, mente o corazón.
Alimentar lo correcto
Cuando alimentamos el sentido equivocado, el desequilibrio aparece.
Escuchar abusos, por ejemplo, daña tanto como comer algo tóxico.
Algunos niños crecen oyendo gritos e insultos, y eso deja cicatrices profundas en la mente.
Nosotros simplemente tuvimos suerte de no haber pasado por eso. Pero podríamos haber sido esas personas heridas, si las circunstancias hubieran sido otras.
Incluso sin hacer cosas “locas”, cuando estamos infelices, decimos cosas dañinas.
Por eso es importante reconocer qué necesitamos en cada momento.
Cuando era niño, recuerdo que con mis amigos hacíamos bromas pesadas:
alguien tenía hambre y otro se comía su almuerzo. El otro se enfurecía, claro, y después lo invitábamos al restaurante, felices de verlo comer.
Crecimos en tiempos difíciles, donde la comida era escasa, casi racionada. Eso nos enseñó a apreciar lo esencial.
Todo esto nos recuerda que debemos mantener un equilibrio:
la mente tranquila, el cuerpo en buena temperatura, el estómago ni muy lleno ni vacío.
Todo en armonía.
La distracción y la mente vacía
Aprender a mantener el equilibrio implica no distraerse.
Las distracciones más grandes vienen del pasado y del futuro: recuerdos, anticipaciones, miedos, ansiedades.
Quedarse atrapado en ellos es como vivir en una casa vacía con las puertas abiertas: entra el viento, las hojas, los vagabundos y el polvo.
Así es la mente cuando no está protegida:
abierta, desatendida, vulnerable.
Meditar es como volver a casa, limpiar el interior, cerrar las puertas y ventanas frente a la tormenta.
En tibetano decimos:
“Una casa vacía es donde deambulan los ladrones.”
Por eso la gente deja las luces encendidas, para que parezca que alguien está allí.
Nuestra mente es aún más delicada: debemos cuidarla.
No es tan difícil hacerlo, y la buena noticia es que sí se puede aprender.
Distracción y atracción son dos caras de lo mismo.
Nos distraemos dentro de la distracción.
Y la medicina más directa es la atención plena, la conciencia despierta.
El verdadero sentido de la meditación
Meditar no significa solo sentarse en silencio o aparentar calma.
El verdadero sentido de la meditación es recordar aquello que debemos recordar.
Mantenernos conscientes.
Cuando la atención está presente, la distracción desaparece por sí sola, igual que la oscuridad desaparece cuando encendemos una lámpara.
No hay que “luchar” contra la oscuridad: basta con traer la luz.
Así también, no hay que “forzar” la mente; basta con recordar y estar presente.
De este modo, paso a paso, aprendemos a ver la preciocidad de cada momento.
Cada instante, incluso el más simple, es único.
Si aprendemos a vivir con esa conciencia, ya estamos meditando, incluso en medio de lo cotidiano.
Aprender a aprender
Con esta práctica cultivamos una actitud más sana.
En este punto tal vez aún no practiquemos de manera profunda, pero sí estamos aprendiendo a practicar, o mejor dicho, aprendiendo a aprender.
Ese es el verdadero comienzo del camino.
Aprender a aprender nos da una enorme ventaja, porque nos enseña a abrirnos a la experiencia directa.
Las ideas y palabras son solo provisionales; no sirven de nada si no las llevamos al corazón.
Solo cuando practicamos con la mente, con el habla o con el cuerpo, las palabras se transforman en realidad.
El Buda enseñó que el mejor método es aquel que combina el máximo beneficio con la mayor simplicidad.
Aprender a ser simples requiere tiempo.
Y, sin embargo, en el momento de la muerte todo se aclara.
Cuando no hay más a quién culpar ni de qué escapar, cada palabra del maestro cobra pleno sentido.
Pero entonces ya es tarde para empezar a aprender.
Por eso, hay que hacerlo ahora: soltar poco a poco.
Soltar lo que no existe
Podemos comenzar soltando lo más fácil: las cosas que no existen o que no tenemos.
Eso no es pedir demasiado, ¿verdad?
Después llegará el momento de soltar también lo que poseemos.
Lo importante es empezar, paso a paso.
Soltar, aprender, vivir el presente.
No postergues la felicidad; si algo ha de postergarse, que sea la miseria.
Gracias una vez más.
Que tengas una buena noche y una mente en paz.

Comentarios
Publicar un comentario